Una estrella muerta con un campo magnético miles de millones de veces más intenso que el terrestre es un magnetar. Su corteza se agrieta y emite una potente ráfaga de rayos X hacia el espacio. Pero parte de esa luz no llega hasta nosotros en su forma habitual. En un campo ultraintenso, los fotones pueden convertirse en ondas gravitacionales, el temblor del propio espacio.
Los autores del trabajo han recalculado este proceso utilizando los parámetros de Stokes, cuatro números que describen la polarización de una onda. Han demostrado que la simplificación habitual (la variación lenta del campo) no siempre es válida aquí. Para dos geometrías concretas del campo, donde la simplificación está justificada, han obtenido estimaciones analíticas. La generación de ondas gravitacionales a partir de la propia luz del magnetar resulta insignificante: una contribución así al rumor cósmico de fondo sería imposible de detectar.
Mucho más interesante es el proceso inverso: las ondas gravitacionales de fondo, al atravesar la magnetosfera, se convierten en radiación de rayos X. Al comparar el incremento calculado con el brillo real de los magnetares, los investigadores han obtenido un límite superior para el fondo de alta frecuencia. Es un paso importante: el rango de frecuencias por encima de las que generan las fuentes cósmicas habituales sigue casi inexplorado.
El campo magnético de un magnetar es tan denso energéticamente que en un cubo de cien kilómetros de lado su energía sería suficiente para iluminar todo el sistema solar con rayos X durante un instante.
En la novela 'Espacio de revelación' de Alastair Reynolds, los artefactos de civilizaciones antiguas utilizan estrellas de neutrones como faros gravitacionales.