Cuando el director abandona la orquesta, los músicos aún tocan un rato de memoria. Pero sin un ritmo común, cada uno empieza a acelerarse o frenarse por su cuenta, y la sinfonía coordinada se convierte en un ruido disperso. Algo parecido, según el nuevo estudio, hacen el cerebro y el corazón en las últimas horas de vida de una persona.
Los científicos tomaron registros de la actividad eléctrica del cerebro y del corazón — electroencefalogramas (gráficos de ondas cerebrales) y cardiogramas (gráficos de latidos) — de pacientes en fase terminal. Con un método matemático que capta la complejidad de la señal (análisis del espectro multifractal), observaron que el cerebro y el corazón divergen en direcciones opuestas. La actividad cerebral pierde riqueza de patrones y se reduce a ritmos simples y repetitivos, como si de toda la música solo quedara una nota. El corazón, en cambio, comienza a emitir oscilaciones caóticas e impredecibles, como un músico que, presa del pánico, acelera el tempo y pierde el compás.
Lo más interesante es la relación entre ambos procesos. Cuando la complejidad de las señales cerebrales disminuye, la inestabilidad del corazón aumenta, y viceversa. Esto sugiere que el regulador central — el cerebro — ya no puede contener y dirigir el trabajo del cuerpo. La periferia, al quedar sin control, empieza a vivir su propia vida febril. Así, el morir no es un simple apagarse gradual, sino una ruptura dramática de conexiones, donde cada sistema avanza hacia su final a su manera.
El corazón puede seguir latiendo incluso después de que el cerebro deje de enviar señales, porque tiene sus propios marcapasos internos. Pero sin el control cerebral, ese ritmo se vuelve salvaje e impredecible, como un baterista que ha perdido la partitura.