Agita con fuerza una olla de sopa hirviendo: el líquido chapotea y las ondas golpean las paredes. Algo muy parecido ocurre dentro de un planeta gaseoso cuando, en una órbita alargada, pasa cerca de su estrella. La gravedad estelar excita potentes ondas internas en el planeta, conocidas como modos fundamentales de marea. Estas ondas pueden cambiar por completo el destino del planeta.
Durante mucho tiempo fue un misterio a dónde va a parar la energía de estas ondas. Los autores del nuevo trabajo, mediante simulaciones hidrodinámicas, han mostrado por primera vez dos escenarios. Si la onda penetra a poca profundidad, su energía se disipa mediante radiación y calentamiento: el planeta se va calmando poco a poco, su órbita se vuelve circular y se une al 'montón' de Júpiter calientes en órbitas de 5 a 6 días. Pero si el planeta se acerca demasiado a la estrella, las ondas se aceleran hasta velocidades supersónicas y se convierten en ondas de choque. Estas arrancan literalmente la envoltura gaseosa, dejando un núcleo desnudo: así surge el 'desierto de los Neptunos' en órbitas de menos de tres días.
Este proceso también explica otra rareza. Los planetas que sobreviven a la pérdida de su envoltura deberían conservar la memoria de la catástrofe: su eje de rotación quedaría fuertemente inclinado respecto a su órbita, y el proceso podría ir acompañado de brillantes destellos. Así, los núcleos rocosos solitarios en el 'desierto' dejan de ser un enigma y se convierten en el resultado natural de una juventud turbulenta. Y el destino de cada planeta, como la sopa en la olla agitada, depende de cuán fuerte lo sacuda su estrella cercana.
Las ondas de choque en el interior de un planeta pueden acelerar la materia hasta velocidades comparables a la velocidad del sonido en el hidrógeno: unos 10 kilómetros por segundo. Es más rápido que una bala.