En el centro de una galaxia, la gravedad concentra la materia oscura formando una densa 'espina'. Esta espina oscura se asemeja a un embudo de partículas invisibles alrededor de un cuerpo masivo. Pero si tanto el centro como las partículas son agujeros negros primordiales, el panorama se rompe. Los agujeros negros ligeros, del tamaño de un asteroide, nacen casi sin rotación. Sin rotación, no pueden mantenerse en órbita y caen sobre el gigante central.
Los autores del trabajo rastrearon qué fuerzas podrían hacer girar a los agujeros negros ligeros y evitar su caída. Consideraron empujones de grandes cúmulos de materia, la influencia de los vecinos y otras perturbaciones. Los cálculos y las simulaciones mostraron que en el mismo corazón, donde la densidad debería ser máxima, ningún mecanismo proporciona suficiente momento angular.
Como resultado, la región interna de la espina queda casi vacía, mucho más enrarecida que en los modelos con partículas. Esto no es solo un matiz teórico. Si la materia oscura está compuesta de agujeros negros primordiales, las señales de su aniquilación o de ondas gravitacionales serán más débiles de lo esperado. En cambio, el vacío mismo en el centro podría convertirse en una pista: una especie de sombra revelada por un eco gravitacional.
Un agujero negro de masa asteroide con la masa del monte Everest cabría en un núcleo atómico: tan comprimida está la materia.
En la novela 'La luz de las tinieblas' de Arthur C. Clarke, una nube invisible de agujeros negros amenaza a las estrellas, pero allí eran mucho más grandes.