Durante mucho tiempo, los científicos de materiales buscaban aleaciones por ensayo y error, calculando miles de combinaciones. Incluso los programas de autoaprendizaje a menudo fallaban en composiciones inusuales. El nuevo enfoque se basa en un cálculo cuántico preciso, establecido por pioneros como John Bardeen. La clave es que la proporción de cada metal (hierro, cobalto, níquel) se puede cambiar gradualmente, como girar un dial. La computadora calcula en cada paso las propiedades magnéticas y eléctricas de la mezcla y determina instantáneamente en qué dirección "girar" para mejorar el resultado. Es como descender una montaña en la niebla: no hay puntos de referencia, pero la pendiente bajo tus pies te guía hacia el valle. El giro más inesperado: en apenas un par de decenas de pasos, el programa obtuvo la misma receta ideal (una aleación de hierro y cobalto) que los metalúrgicos encontraron experimentalmente en los años 1930. Y en un segundo problema, donde se requería un patrón energético de electrones, el algoritmo añadió una microscópica pizca de telurio, mejorando las cualidades metálicas. Esta precisión fue posible gracias a tener en cuenta la naturaleza dual de los electrones — sus peculiaridades cuánticas.
El algoritmo no solo encontró la aleación, sino que automáticamente derivó la regla de Slater–Pauling, que durante casi un siglo se consideró un descubrimiento puramente experimental.