En el centro de una galaxia diminuta hay un cúmulo denso de estrellas y materia oscura. Este cúmulo, llamado solitón, no está inmóvil: tiembla y oscila, como gelatina en un plato. Las oscilaciones crean ondas en la nube circundante de materia oscura, y estas ondas, como suaves empujones, durante miles de millones de años van empujando a las estrellas cada vez más lejos del centro. Así, la población estelar de la galaxia se va dispersando lentamente, transformando una esfera compacta en una nube difusa.
Los astrofísicos construyeron un modelo computacional en el que la materia oscura no se comporta como un conjunto de partículas, sino como una onda única, la llamada materia oscura ondulatoria. En este modelo, las estrellas realizan caminatas aleatorias y su distribución final obedece una ley simple: la densidad disminuye del centro hacia el borde de manera suave, con forma de campana. Sorprendentemente, esta es exactamente la imagen que los astrónomos observan en las galaxias enanas reales, satélites de nuestra Vía Láctea. Cuanto más masiva es la galaxia, más tiembla su cúmulo central y más rápido se dispersan las estrellas.
Así nace un escenario unificado: desde las enanas más tenues hasta las galaxias difusas gigantes, todas son solo páginas de una misma historia, donde el tiempo y el temblor de la materia oscura dibujan la diversidad observada. No hay galaxias "fallidas", ni caminos de formación especiales: solo la edad y una mezcla continua.
Las galaxias enanas más antiguas se han "dispersado" tanto que sus estrellas se encuentran ahora a cientos de veces más lejos del centro de lo que estaban cuando la galaxia nació.
En la novela "La oscuridad al otro lado del borde" de Greg Egan, la materia oscura resulta ser un campo cuántico cuyas fluctuaciones pueden influir en el movimiento de las estrellas, tal como en este modelo.