En un pasillo abarrotado, la gente se ve obligada a moverse continuamente para no chocar con nadie. Ese mismo bullicio perpetuo reina en los líquidos de espines cuánticos, un estado especial de la materia donde las flechas magnéticas de los átomos nunca se alinean en una dirección única. En cada diminuto tetraedro del cristal rige una regla simple: dos flechas apuntan hacia dentro, dos hacia fuera. A causa de ello, todo el sistema obedece leyes semejantes a las de un campo eléctrico, y nace una «luz» propia sin masa que preserva el desorden.
Antes se creía que los cristales tridimensionales no eran aptos para esta materia fluida: parecía que los átomos encontrarían fácilmente un orden común. Pero precisamente el volumen permite encerrar las cargas magnéticas invisibles y crear un entorno ideal para la computación cuántica. Ahora, la búsqueda de materiales se desplaza de las películas ultrafinas a los minerales tridimensionales comunes. Las ideas de Heisenberg, Kitaev y Maxwell ayudaron a descifrar este ballet cuántico.
En el hielo de espín se han descubierto monopolos magnéticos, partículas con un solo polo magnético. Su velocidad de aniquilación tiembla un 0,016% cada año debido a la desintegración radiactiva del disprosio: los procesos nucleares gobiernan el magnetismo colectivo.