Dos estrellas de neutrones se acercan en espiral y colisionan. Nace una onda gravitacional, una ondulación en el espacio-tiempo, un breve estallido de rayos gamma y un tenue resplandor que los astrónomos llaman kilonova. Pero a veces la señal pasa cerca de una galaxia pesada. Su gravedad actúa como una lente: curva la trayectoria de la luz y de las ondas gravitacionales, creando un eco, una imagen repetida o amplificada.
Los autores del estudio calcularon con qué frecuencia los futuros observatorios podrán detectar estos eventos lenteados. Incluso con una sensibilidad diez veces mejor que la actual, los telescopios de rayos gamma verán solo un destello cada diez años, aproximadamente 0,1 eventos por año. Esto es una fracción diminuta de todas las ondas gravitacionales lenteadas. Sin embargo, un telescopio similar al RST (el Telescopio Espacial Romano, en honor a Nancy Grace Roman) podrá observar una kilonova en luz infrarroja hasta 0,5–0,6 veces al año. Y un observatorio de rayos X como ATHENA podría captar hasta cinco de estos eventos en una década.
Este enfoque convierte cada fusión lenteada en un mini laboratorio. Incluso los eventos raros prometen mediciones precisas si se sabe dónde buscar. Los científicos propusieron una estrategia: primero detectar la onda gravitacional con los detectores Cosmic Explorer y Einstein Telescope, y luego apuntar los telescopios a las galaxias-lente ya conocidas en la misma región del cielo. Esto aumenta las posibilidades de ver la débil kilonova en un 15–30% de los casos.
Una kilonova brilla mil veces más que una nova típica, pero es cien veces más tenue que una supernova, y se apaga en pocos días. Encontrarla sin una orientación precisa es casi imposible.
En el relato 'La luz de la Tierra lejana', los astrónomos captan una señal distorsionada por la gravedad proveniente de una civilización alienígena, pero allí la lente actúa como un espejo deformante, mientras que aquí es un instrumento de precisión.