Dos esferas ultradensas, cada una del tamaño de una ciudad, giran en una danza. Su masa es menor que la solar, pero en su interior hay materia comprimida hasta límites inimaginables. Una esfera es una estrella de neutrones; la otra, una estrella extraña, compuesta enteramente de quarks (las partículas elementales que forman protones y neutrones). Cuando chocan, la diferencia se hace audible.
La estrella extraña mantiene su forma hasta el último instante. Su superficie permanece nítida, como una bola de billar, a diferencia de la estrella de neutrones, que empieza a "fluir" bajo la acción de las fuerzas de marea. En el momento del contacto, se genera una poderosa onda de choque y un rebote radial, algo que en las estrellas de neutrones casi no ocurre. La simulación por computadora mostró que la estrella extraña, más compacta, corta las ondas gravitacionales en una frecuencia $f_\mathrm{cut}$ más alta que la de la estrella de neutrones. Pero después de la fusión, la frecuencia $f_2$ cae, y la relación $f_2/f_\mathrm{cut}$ se vuelve menor que uno: una línea divisoria clara entre los dos tipos.
Esta expulsión podría producir un destello electromagnético. Si los telescopios captan esa señal junto con las ondas gravitacionales, los astrónomos pondrán a prueba por primera vez la hipótesis de las estrellas extrañas con eventos reales. La clave de frecuencias ya espera su momento.
Una estrella extraña es un nucleón gigante: en esencia, un solo núcleo continuo donde los quarks se mueven libremente por todo el volumen, sin estar confinados dentro de neutrones.
En la novela «Amanecer de quarks», una sonda alienígena se alimenta de un fragmento de estrella extraña cuya materia permanece estable incluso fuera del cautiverio gravitacional.