La fibra óptica transmite datos con luz de diferentes colores. Estos rayos viajan casi a la velocidad de la luz. Normalmente todas las señales van en la misma dirección, provocando aglomeraciones e interferencias — como una orquesta donde los músicos se gritan unos a otros. Los ingenieros propusieron invertir uno de los canales y enviarlo en sentido contrario, como añadir una parte que toca en dirección opuesta, y el sonido se volvió más claro.
La clave del truco es la amplificación Raman: dentro del vidrio, la luz de una longitud de onda alimenta a otra, como músicos que transfieren energía sonora. Aquí son importantes la espectroscopía (la ciencia de la transición de la luz entre longitudes de onda) y la fotometría (la medición precisa de su intensidad). La simulación por ordenador sugirió cómo lanzar los rayos con la potencia óptima.
Sin límite de potencia, el canal inverso no aporta ventaja. Pero con un estricto límite de 18 dBm (la potencia de un puntero láser débil), el haz en sentido contrario actúa como un ajuste acústico: se distorsiona menos y ayuda a usar la energía de forma más eficiente, aumentando la capacidad total en un 24.5%.
Es sorprendente que la amplificación Raman se observara por primera vez en líquidos, y hoy permite transmitir señales a través de océanos sin amplificadores intermedios. Así, gracias al ajuste fino y a las ideas de Roy Glauber sobre la transmisión coherente, se puede exprimir al máximo cada fotón.
La amplificación Raman se descubrió por primera vez en líquidos, pero hoy opera en miles de kilómetros de fibra óptica, permitiendo que la señal cruce océanos sin amplificadores intermedios.
Los escritores de ciencia ficción sueñan con rayos de luz que transportan información a través de galaxias, como en 'Star Wars', pero en lugar del espacio, un finísimo hilo de vidrio.