El telescopio, en la cima de una montaña en la isla de La Palma, apuntaba a un punto brillante: Venus. En su foco estaba el instrumento ExPo, que funciona como unas gafas polarizadas muy sensibles: capta la polarimetría de la luz, es decir, la dirección en la que oscilan las ondas lumínicas. La luz del Sol, reflejada por el planeta, normalmente no está polarizada. Pero al atravesar la atmósfera y dispersarse en las moléculas de gas, una parte se polariza. ExPo tomaba seis imágenes en distintos colores, realizando así una especie de espectroscopía (el estudio de la composición de la luz). Y, años después, en esos datos aparecieron unos misteriosos anillos. En las imágenes normales no se ven, pero en luz polarizada, sí.
La causa son las ondas de densidad. Cuando por la atmósfera de Venus corren ondas invisibles, como las ondas en el agua al lanzar una piedra, comprimen y expanden el gas. En el gas más denso, la dispersión de la luz solar se intensifica y la proporción de polarización cambia. Así surge un patrón de anillos concéntricos. La simulación numérica demostró que basta con variar la densidad del gas entre un 5 y un 10 % para que aparezca ese patrón. Estas ondas se llaman ondas de gravedad atmosféricas: la fuerza de gravedad actúa como un muelle, devolviendo el gas al equilibrio.
Si se confirma la relación con las ondas, las gafas polarizadas se convertirán en una práctica herramienta para asomarse a las atmósferas de otros planetas. Por ejemplo, futuras misiones a exoplanetas podrían usar la polarimetría para estudiar sus atmósferas exoplanetarias. Y el primer descubrimiento de este tipo fue nuestra vecina, Venus. Así, un pequeño instrumento diseñado para buscar mundos lejanos en otras estrellas ayudó a ver la vida oculta del planeta más cercano.
El instrumento ExPo, desmontado tras aquellas observaciones, fue creado para buscar planetas alrededor de otras estrellas, pero acabó descubriendo algo sorprendente en nuestra vecina más cercana: Venus.