La explosión de una supernova desprende las capas externas de la estrella moribunda. Queda el núcleo: una estrella de neutrones, compactada en una esfera del tamaño de una ciudad. La existencia de estas estrellas fue predicha ya en 1934 por Fritz Zwicky. Pero el drama culinario no termina ahí: parte del material expulsado cae de vuelta en un flujo de acreción, formando una capa líquida incandescente — una especie de masa líquida sobre la superficie de la estrella.
En esta capa, calentada a dos mil millones de grados, rugen vórtices turbulentos. Actúan como las manos de un panadero que amasan enérgicamente la masa. Los movimientos del plasma capturan y retuercen las líneas de campo magnético, amplificándolas repetidamente. Este proceso se llama dinamo magnética.
Para probar la idea, los astrofísicos realizaron una simulación numérica. En un volumen cúbico de 100 metros de arista reprodujeron las condiciones de la capa líquida: densidad 10¹⁰ g/cm³, temperatura 2×10⁹ K, campo inicial 10¹² G. Incluyeron enfriamiento por neutrinos y una ecuación de estado realista.
Los resultados sorprendieron. En un milisegundo, el campo alcanzó la saturación, llegando a 3–7×10¹³ G. La energía del campo magnético supuso el 20–30% de la energía cinética de la turbulencia — como si cada quinta caloría invertida en amasar hubiera ido a parar a elevar la masa. La estructura del campo se asemejó a una maraña de hilos y capas, mientras que la densidad del material apenas varió.
Este descubrimiento resuelve un antiguo enigma. Los objetos compactos centrales y algunos magnetares muestran un campo magnético externo débil, pero su actividad requiere un potente reservorio oculto. La dinamo turbulenta precisamente crea ese campo — fuerte pero a pequeña escala, escondido en las profundidades de la estrella. Algún día, dentro de miles de años, la difusión en la corteza sólida lo transformará en un dipolo observable. Por cierto, los propios púlsares — estrellas de neutrones que giran rápidamente — fueron descubiertos por primera vez en 1967 por Jocelyn Bell Burnell.
Así, en el interior de una estrella recién nacida tiene lugar un milagro culinario. El amasijo turbulento convierte semillas magnéticas débiles en un vigoroso crecimiento del campo. Y todo ello, en un milisegundo. Es precisamente este proceso el que quizás desencadena la enrevesada evolución de los magnetares, cuyos estallidos iluminan galaxias.
En el tiempo que tardas en parpadear (unos 100 milisegundos), en la capa líquida de una estrella de neutrones recién nacida el campo magnético se habría amplificado cien veces y alcanzado la saturación. Mientras tanto, el enfriamiento por neutrinos —el principal mecanismo de pérdida de calor— apenas habría disipado una millonésima de la energía térmica en esos mismos instantes: el enfriamiento tarda semanas.
En la novela «El huevo del dragón» de Robert L. Forward, una estrella de neutrones sirve de cuna para una vida superdensa, cuya civilización se desarrolla en la superficie a un ritmo frenético. Si existieran tales criaturas, los remolinos turbulentos de escala de milisegundos serían para ellas eras geológicas, y las explosiones del campo magnético serían cataclismos naturales que generarían «montañas magnéticas» y auroras de escalas inimaginables.