Dos casas con fachadas idénticas. Ventanas, puertas, color de las paredes: todo coincide. Pero por dentro, una está vacía y la otra rebosa vida. ¿Cómo saberlo sin entrar? En el espacio hay un problema similar: un agujero negro y un gravastar se ven igual por fuera, pero están construidos de manera diferente. Un agujero negro es vacío por dentro, mientras que un gravastar es una capa delgada con un núcleo denso.
Los autores del trabajo calcularon cómo actúa sobre una partícula su propio campo, la llamada autofuerza. Es como un eco: la partícula 'grita' y el espacio responde. Para una carga escalar (un modelo simplificado) cerca de un agujero negro, la autofuerza desaparece, pero en un gravastar empuja a la partícula. A grandes distancias, la fuerza decae como la inversa de la quinta potencia de la distancia, pero con un término adicional que depende del radio del gravastar. La carga eléctrica también nota la diferencia: a la atracción habitual se le suma una corrección que delata la estructura interna.
Dentro del gravastar, el panorama es aún más interesante. La partícula tiende hacia el centro, pero la fuerza desaparece justo en el medio. Se producen oscilaciones armónicas, como una canica en un hoyo. Esto es una consecuencia directa de la geometría interna 'suave', donde no hay singularidad. Así, la autofuerza es una sonda que penetra donde un telescopio no llega.
El gravastar fue ideado en 2001 como alternativa a los agujeros negros: no requiere singularidad y puede ser estable.
En la novela 'Solaris' de Stanisław Lem, el océano del planeta también reacciona a la presencia humana, igual que la autofuerza reacciona a una partícula.