Una lámina de cerámica tan fina como una película de jabón, y por ella fluye corriente sin la menor resistencia. Así se ve la superconductividad lograda en niquelatos, parientes de los famosos superconductores de cuprato. Normalmente, para ello se requería una presión gigantesca, comparable a la del fondo del océano. Ahora los científicos han encontrado un camino alternativo: cultivaron la película sobre un sustrato cristalino que la comprime con una fuerza del 2,14%. La compresión actúa como un tornillo de banco, obligando a los átomos a adoptar el orden adecuado.
Con esta compresión, la película muestra superconductividad ya a 60 kelvin (menos 213 °C), y pierde completamente la resistencia a 33 K. Las mediciones magnéticas confirmaron que la capa superconductora es bidimensional: la corriente fluye solo en el plano de la película, como sobre hielo infinitamente liso. Pero la gran sorpresa estaba en cómo se mueven las cargas. En los cristales bajo presión, la corriente la transportan los "huecos" — vacíos con carga positiva dejados por los electrones. Aquí ocurre lo contrario: los portadores son los propios electrones. Esta diferencia fundamental indica que la compresión y la presión, aunque llevan al mismo objetivo, actúan sobre el material de manera distinta.
Así, una compresión del 2,14% abre una nueva dimensión para controlar la superconductividad. En lugar de presionar el cristal desde todos los lados, basta con elegir bien el "cimiento" para cultivar la película. Y entonces una lámina de cerámica, parecida a un trozo de vidrio de color, se convierte en un conductor sin pérdidas: un puente hacia el mundo de las tecnologías energéticamente eficientes.
La temperatura de 60 kelvin es más fría que la superficie de Plutón (unos 44 K), pero esta superconductividad se sigue considerando "de alta temperatura", porque los superconductores convencionales solo funcionan cerca del cero absoluto (por debajo de 30 K).