Una onda gravitacional de la fusión de agujeros negros es como el tañido de una campana en la noche. Por la fuerza del sonido se puede saber lo lejos que está la fuente. Pero para conocer a qué velocidad se expande la propia noche —el cosmos—, normalmente se necesita una segunda señal: un destello de luz o un catálogo de galaxias. Ambas cosas son difíciles de captar.
Los autores del trabajo proponen escuchar no solo el tañido en sí, sino también cómo este cambia la forma de la campana. Esta huella acumulada se denomina memoria cosmológica integrada. Se acumula de todas las fusiones pasadas y depende de lo rápido que se haya expandido el universo en sus distintas etapas. De un solo evento ahora se pueden extraer dos magnitudes a la vez: la distancia a la fuente y la contribución de la expansión a la memoria. Así se rompe el círculo vicioso en el que antes una no podía calcularse sin la otra.
Así, un único golpe de campana no solo habla de sí mismo, sino también de todo el silencio que lo precedió. Para los detectores de tercera generación, esto abre el camino hacia una cosmología puramente gravitacional: sin telescopios, sin galaxias, solo escuchando el temblor del espacio.
La memoria gravitacional se parece a una deformación residual: tras el paso de la onda, dos espejos en caída libre no vuelven exactamente a su lugar original: la distancia entre ellos cambia para siempre.
En la novela «Contacto» de Carl Sagan, una señal extraterrestre contenía los planos de una máquina que utilizaba ondas gravitacionales, como si el propio tejido del espacio se convirtiera en portador de un mensaje.