Un agujero negro no es una aspiradora eterna. Pierde masa lentamente, emitiendo partículas como una piedra caliente que se enfría y cede calor. Este proceso, descubierto por Stephen Hawking, es apenas perceptible en agujeros grandes, pero en los diminutos — de masa comparable a una montaña — se convierte en una evaporación violenta. Si estos agujeros negros 'primordiales' nacieron en el universo temprano, hoy estarían justo en su etapa final — y podrían ser parte de la materia oscura.
En el nuevo cálculo, los físicos tomaron un agujero negro en el espacio vacío y rastrearon cómo genera electrones y positrones. Antes, este proceso se describía de forma semiclásica: las partículas aparecían como según un horario, pero con una pequeña falla aleatoria — la 'carga estocástica'. Ahora, los autores derivaron el mismo efecto desde primeros principios de la electrodinámica cuántica en el espacio-tiempo curvo de Schwarzschild. Resulta que las correcciones cuánticas casi anulan por completo esa falla: en el rango de masas de 22 a 170 millones de toneladas, la desviación del flujo constante es menor del dos por ciento.
Este resultado estrecha el corredor de búsqueda: si la radiación resulta un poco más uniforme de lo esperado, no es un error del detector, sino la propia naturaleza del mundo cuántico. El agujero negro deja de ser simplemente una 'piedra' de la que saltan chispas — se convierte en un sistema donde cada partícula obedece a un sutil juego de cargas y campos.
Un agujero negro primordial de masa 10¹⁶ gramos (diez mil millones de toneladas) tiene el tamaño de un protón — alrededor de 10⁻¹³ centímetros, y la temperatura de su superficie supera los 10¹¹ Kelvin, miles de veces más caliente que el centro del Sol.
En la novela 'Marea estelar' de David Brin, seres inteligentes utilizan agujeros negros microscópicos como fuente de energía, equilibrándose al borde de su evaporación completa.