En el hielo antártico se esconde un detector del tamaño de un kilómetro cúbico. No capta luz, sino partículas fantasma: los neutrinos. Pero a veces puede aparecer una bestia muy distinta: un par de muones que nacen juntos y se dispersan en un amplio abanico. Ese patrón no puede dibujarlo ninguna partícula conocida de la materia ordinaria. Es la firma de la materia oscura que decide desintegrarse ante nuestros ojos.
Los modelos habituales dicen que la materia oscura es demasiado estable para dar una señal apreciable. Pero los autores del artículo encontraron una grieta. Consideraron un estado excitado de la partícula de materia oscura, como si tuviera dos pisos. En el piso superior, la partícula puede vivir un tiempo inimaginable en el vacío cósmico. Sin embargo, cerca de una gran acumulación de materia ordinaria, como la Tierra, todo cambia. Aparece un campo invisible que reordena las reglas del juego y obliga a la partícula a saltar rápidamente al piso inferior, emitiendo un par de muones.
Los científicos calcularon cómo se verían estos eventos en detectores reales: las energías de los muones, los ángulos entre ellos. Resultó que, en algunas teorías permitidas, la señal podría ser lo bastante brillante como para que la detecten telescopios ya en funcionamiento, como IceCube, KM3NeT y otros. No es solo buscar una aguja en un pajar. Es la oportunidad de ver por primera vez cómo la materia oscura interactúa con nuestro mundo no solo mediante la gravedad, sino directamente.
El telescopio de neutrinos IceCube utiliza un kilómetro cúbico de hielo antártico como detector. No ve las partículas en sí, sino destellos de luz azul que dejan al atravesar el hielo.
La idea de una sustancia que cambia sus propiedades cerca de la materia ordinaria recuerda a la 'materia extraña' de la novela 'Visión ciega' de Peter Watts.