Una nube de polvo cósmico, homogénea y esférica, comienza a contraerse bajo su propia gravedad. En algún momento, según las leyes clásicas, debería colapsar en un punto de densidad infinita: una singularidad. Pero en este modelo todo es distinto: cuando la contracción llega al límite, los efectos cuánticos entran en juego y el interior de la esfera no desaparece, sino que comienza a expandirse.
Mientras tanto, en el exterior hay vacío que sigue cayendo hacia adentro. Surge un desajuste: el núcleo ya se está expandiendo, pero la envoltura aún se contrae. En la frontera entre ambos nace una onda de choque: un salto físico donde la geometría del espacio permanece continua, pero su derivada sufre una discontinuidad. Es como una onda de choque sónica, pero a escala del espacio-tiempo.
Los autores derivaron dos variantes de la métrica para el vacío exterior, ambas similares a la solución de Schwarzschild, pero con correcciones. El espacio-tiempo resultante resulta geodésicamente completo: cualquier rayo de luz o partícula puede viajar por él infinitamente, sin caer en ninguna singularidad. Este es el primer trabajo donde el nacimiento de un agujero negro regular se sigue desde el inicio del colapso hasta el final, todo dentro de una sola teoría, sin ajustes manuales.
El término «agujero negro» lo acuñó una periodista, no un físico: en 1967, en una conferencia, Ann Ewing lo usó por primera vez, pero quien lo popularizó fue John Wheeler.
En la película «Interstellar», los héroes atraviesan un agujero negro y llegan a un espacio de cinco dimensiones: el nuevo modelo permite el viaje sin destrucción, pero sin dimensiones adicionales.