Un globo que se desinfla a tirones rebota por la habitación: el chorro de aire sale primero hacia un lado y luego hacia otro. Así se comporta una estrella moribunda cuando expulsa su envoltura hinchada. Solo que en lugar de aire hay gas ardiente, y en lugar del globo, una futura enana blanca (el denso remanente de una estrella, del tamaño de la Tierra).
Observaciones recientes han mostrado que las enanas blancas reciben una patada de aproximadamente un kilómetro por segundo. Los autores del trabajo construyeron un modelo simple: la envoltura no se desprende en un flujo uniforme, sino en porciones separadas, de aproximadamente una diezmilésima de la masa solar cada vez. Cada uno de estos «estornudos» da a la estrella un empujón débil, de unos cinco metros por segundo. Pero durante el tiempo que tarda en desprenderse la envoltura, se acumulan unos diez mil de estos eventos, y sus direcciones aleatorias se suman en una patada total. Es como los pasos de un borracho: cada paso es pequeño, pero al final se aleja mucho de la farola.
Para las enanas blancas más masivas, la patada debería ser notablemente más fuerte. Y si la estrella no está sola, sino que forma parte de un sistema binario amplio (con una separación mayor de mil unidades astronómicas, es decir, mil veces más lejos que la Tierra del Sol), entonces esos empujones pueden romper el par. La órbita se estira hasta el límite, y las estrellas o se separan para siempre o colisionan. La colisión produce un destello brillante: un fuego artificial cósmico que se puede observar desde la Tierra.
Una enana blanca es una estrella del tamaño de la Tierra, pero con una masa casi como la del Sol. Una cucharadita de su materia pesaría varias toneladas.
En la novela «Solaris» de Stanisław Lem, el océano del planeta mueve su órbita; aquí, en cambio, la propia estrella recibe una patada de su propio «aliento».