En la corona solar, de vez en cuando llueve, pero no agua, sino plasma. El gas sobrecalentado se enfría, se condensa en grumos y se precipita a lo largo de los bucles magnéticos, como gotas por canalones invisibles. Antes se pensaba que para que se formara esa lluvia se necesitaba un calentamiento constante, pero las observaciones muestran demasiadas gotas y un flujo simétrico hacia ambos extremos del bucle. La espectroscopía revela que el calentamiento es más bien impulsivo, no uniforme.
Los autores del nuevo estudio comprobaron qué ocurre si se golpea la corona con un pulso corto e intenso de calor. Ejecutaron un modelo numérico de un único tubo magnético y variaron dos parámetros: cuánto dura el calentamiento y cuán fuerte es el campo magnético. Descubrieron que incluso un solo pulso desencadena la condensación, pero se necesita diez veces más energía que con un calentamiento constante. Si el pulso es más corto que el tiempo que tarda el plasma en enfriarse, la lluvia fluye hacia ambas bases del bucle a la vez.
Cuanto más dura el calentamiento y más débil es el campo, más fácilmente se forma la lluvia. Esto explica por qué en unos bucles las gotas son grandes y escasas, y en otros hay una llovizna fina. Comprender estos procesos ayudará a predecir con mayor precisión el clima espacial, ya que la lluvia coronal afecta al calentamiento de toda la corona.
Así, un pulso corto, similar a un rayo, se dispersa a lo largo del arco magnético en forma de lluvia de plasma y cae a ambos lados a la vez, como el agua de un tejado a dos aguas.
La lluvia coronal cae a una velocidad de unos 100 kilómetros por segundo, más rápido que un rayo.
En la novela «Solaris» de Stanisław Lem, el océano también genera extrañas estructuras de plasma que recuerdan a la lluvia coronal.