Una piedra cae en un estanque. Los círculos se expanden, se debilitan y pronto desaparecen. Pero si el estanque fuera infinito y el agua perfecta, la perturbación duraría eternamente, desvaneciéndose poco a poco. En física, estos restos que se atenúan se llaman «colas»: viven mucho después de que la onda principal se ha ido.
La dificultad está en que la cola se amortigua a ritmos distintos: más lento para quien mira desde lejos y más rápido para quien está junto al punto de caída. En una malla numérica ordinaria, este contraste se vuelve cada vez más pronunciado y la computadora empieza a equivocarse. Los autores del trabajo sortearon el problema reformulando el propio sistema de referencia, como si doblaran una regla infinita en un anillo. Usaron coordenadas que se adaptan al decaimiento de la onda: cuanto más lejos en el tiempo, mayor la compresión, y el perfil de la cola permanece suave.
El método se probó en ecuaciones similares a las que describen las ondas gravitacionales. Resultó que, en casos raros, la cola en el infinito puede desaparecer más rápido de lo habitual, como si la voz principal de un coro callara de repente y solo quedara un eco tenue. Este comportamiento ya se había predicho antes, pero ahora se reprodujo de forma fiable por primera vez en un experimento numérico.
Las colas de las ondas no son una mera curiosidad matemática. Influyen en la forma de las señales de los agujeros negros en fusión que captan los detectores LIGO y Virgo. Incluso un resto diminuto puede revelar detalles sobre la geometría del espacio-tiempo.
En la novela «Contacto» de Carl Sagan, la protagonista escucha un eco que se desvanece de una señal del espacio; de manera parecida, los astrofísicos escuchan las colas de las ondas gravitacionales, tratando de descifrar su susurro silencioso.