Una gota de tinta en un vaso de agua se dispersa en remolinos caprichosos. De igual manera, una partícula cuántica, al intercambiar energía con su entorno, cambia su estado de una manera compleja y enredada. Describir esta danza entre partícula y entorno es una tarea que durante mucho tiempo dejó perplejos a los científicos.
Antes, los cálculos se hacían con suposiciones groseras: se asumía que el entorno 'olvida' a la partícula casi instantáneamente, como el agua mezcla rápidamente la tinta. Pero en muchos casos el entorno recuerda por más tiempo, y entonces los métodos simples fallan. Las redes de tensores son una forma de registrar la historia de la interacción entre la partícula y su entorno sin lagunas. Se asemejan a un tejido de punto, donde cada bucle mantiene una conexión con sus vecinos, y a través de estas conexiones se transmite la influencia del pasado al presente.
Los autores de la revisión reunieron diferentes variantes de estos cálculos 'tejidos' y mostraron que ahora es posible seguir numéricamente, con precisión controlada, un sistema cuántico que se comunica continuamente con el mundo exterior. Esto abre el camino al modelado preciso de moléculas en líquidos, la transferencia de energía en la fotosíntesis o el funcionamiento de pequeños transistores, donde las fugas de calor ya no pueden ignorarse.
Las redes de tensores provienen originalmente de la física de la materia condensada, donde ayudaron a describir estados entrelazados de muchas partículas, y ahora se han convertido en una herramienta universal para cualquier sistema cuántico complejo.
En la novela 'El ladrón cuántico' de Hannu Rajaniemi, la conciencia humana está digitalizada y vive en redes cuánticas, vulnerables al 'ruido' del entorno: el modelado preciso de tales sistemas podría ser la base para proteger la memoria.