En la superficie de la Luna y de los asteroides hay hoyos más pequeños que una cabeza de alfiler, pero con bordes fundidos y brillantes. Estas marcas las dejan meteoritos diminutos; sin embargo, a qué velocidad exacta se produce la fusión seguía sin estar claro. Para averiguarlo, los investigadores sustituyeron la roca espacial por un láser: un pulso corto calienta un punto de la piedra igual que lo haría el impacto de una partícula rápida.
El láser permitió dosificar la energía con precisión. Los científicos irradiaron muestras de roca y midieron los hoyos resultantes. Descubrieron que el volumen del cráter depende de la energía total del pulso y de cuánto calor se disipó hacia el interior de la roca. Con estos datos calcularon la velocidad que habría tenido un micrometeorito real: de 100 a 1000 metros por segundo. Para comparar, una bala de pistola vuela tres veces más rápido.
Estos resultados también explican las ondulaciones en el borde de algunos microcráteres. Surgen por una inestabilidad en el límite entre el material fundido y el sólido, como las ondas en el agua cuando sopla una ráfaga de viento. Para que se forme esa ondulación basta una velocidad de unos 100 metros por segundo, lo que coincide con las estimaciones del experimento.
La imitación del impacto con láser ofrece una forma sencilla de estudiar la historia de la superficie de los cuerpos celestes. Ahora, al ver un cráter fundido, se puede estimar a qué velocidad llegó su creador, y si era un meteorito primario o un fragmento de un impacto mayor.
Los microcráteres de la Luna son tan pequeños que se estudian con microscopio, pero permiten deducir las velocidades de las partículas que volaron hace miles de millones de años.
En la novela de Arthur C. Clarke «Polvo lunar», las partículas diminutas de la Luna suponen un peligro para la maquinaria, algo parecido a los micrometeoritos reales que dejan cráteres fundidos.