Un superconductor se parece a un electroimán eterno: si se enfría en un campo magnético, en su interior queda atrapada una corriente que fluye sin detenerse y crea su propio campo magnético. Ese campo es muy débil, mil millones de veces más débil que el imán de la nevera. Pero el nuevo aparato, como un oído sensible, lo capta desde una distancia de un par de centímetros, sin tocar la muestra.
Antes, para comprobar la superconductividad, había que soldar cables a un cristal diminuto y enfriarlo todo a temperaturas muy bajas. Eso destruía las muestras frágiles, sobre todo las que se comprimen en prensas de diamante bajo una presión enorme. Ahora la muestra se fija simplemente a un palo de madera, se enfría en nitrógeno líquido y se acerca al magnetómetro. Cuando la muestra se calienta por encima de la temperatura crítica, la supercorriente desaparece y el campo magnético cae bruscamente: ese salto es lo que indica la superconductividad.
Este método de comprobación funciona con muestras de menos de 100 micrómetros, más finas que un cabello humano. Ya está listo para usarse en laboratorios donde se buscan nuevos superconductores capaces de funcionar a temperatura ambiente.
El campo magnético de la Tierra por sí solo indujo en la cinta superconductora REBCO una corriente remanente que creó un campo de 20 picoteslas. Esto es mil millones de veces más débil que el campo de un imán típico de nevera.
En la novela de Arthur C. Clarke 'El fin de la infancia', los extraterrestres usan superconductores para la levitación, y aquí una supercorriente inducida por el campo magnético terrestre convierte una pequeña muestra en un electroimán permanente que se puede sentir a centímetros de distancia.