De noche, un astrónomo apunta su telescopio al borde del universo visible y no ve estrellas, sino una ondulación: la huella de los primeros instantes. Sabe que esa ondulación debería obedecer a la estadística, como la estatura de la gente en una multitud. Pero solo tiene una multitud, y no hay con qué compararla.
Eso es la dispersión cósmica. La teoría predice cómo es un universo 'promedio', pero vivimos en una realización concreta. El modelo ΛCDM con seis parámetros no puede verificarse del todo: es como intentar conocer la estatura media de la humanidad midiendo a una sola persona.
Junto a este problema está el Multiverso. La inflación expande el espacio tan rápido que unas regiones quedan tras el horizonte y otras permanecen con nosotros. Si hay infinitas regiones, entonces existen, pero su existencia no puede comprobarse. Es como una biblioteca que contiene todos los libros posibles, pero el lector solo puede abrir un estante.
La mecánica cuántica añade su propia pregunta. Una mota de polvo en un haz de luz es un objeto cuántico, pero pierde sus propiedades cuánticas al instante al chocar con las moléculas del aire. Preparar dos estados idénticos de la mota es imposible, y por tanto no se puede realizar un experimento con un conjunto de sistemas idénticos. La definibilidad operacional de los macroestados se nos escapa.
Por último, la teoría de cuerdas. Habla de diez u once dimensiones, pero esas dimensiones son propiedades del espacio de fondo en el que se mueven las cuerdas. A escalas de Planck, el propio espacio-tiempo deja de ser liso, como un papel arrugado en una bola. La crítica es simple: si el fondo no es físico, entonces las dimensiones tampoco lo son.
Las cinco preguntas convergen en un punto: ¿qué significa 'existir' para una estructura matemática? El autor propone un mapa de este territorio inexplorado. Los filósofos reciben una lista de lugares a los que merece la pena ir, y los físicos, un recordatorio de que sus teorías chocan con cuestiones que no se resuelven con un nuevo colisionador.
El astrónomo nocturno vuelve a mirar por el telescopio. Ahora no solo ve la ondulación, sino también los contornos de un mapa con cinco senderos marcados. Cada uno lleva de la ecuación a una pregunta sin fórmula. Es allí, en la frontera de lo cognoscible, donde la física pasa el testigo a la filosofía.
El autor utiliza el ejemplo del billonésimo dígito de la expansión decimal de √4711: ese dígito no ha sido calculado ni escrito por nadie, pero todos los que lo calculen obtendrán el mismo resultado: un argumento a favor de la existencia objetiva de la realidad matemática. El tiempo de decoherencia de una partícula de polvo de 10 micrómetros a temperatura ambiente y presión atmosférica es de 10⁻³¹ segundos, varios órdenes de magnitud menor que el tiempo de Planck (10⁻⁴³ s).
La idea de que podríamos ser objetos matemáticos dentro de una estructura matemática fundamental resuena con la película 'Matrix', donde la realidad resulta ser una simulación, y con los relatos de Jorge Luis Borges, como 'La biblioteca de Babel', donde todos los textos posibles existen en un espacio abstracto.