Dos mensajeros salen de una misma ciudad en direcciones opuestas. Una hora después, cada uno abre su sobre: en uno hay un papel con un «más», en el otro, un «menos». ¿Cómo sabían cuál les tocaría?
De noche, un astrónomo apunta su telescopio al borde del universo visible y no ve estrellas, sino una ondulación: la huella de los primeros instantes. Sabe que esa ondulación debería obedecer a la estadística, como la estatura de la gente en una multitud. Pero solo tiene una multitud, y no hay con qué compararla.
El Universo puede comportarse como un resorte: comprimirse hasta tamaños microscópicos y luego expandirse de nuevo. En este ciclo de compresión y rebote nacen los agujeros negros y la materia oscura.
Una roca arrancada por el impacto de un asteroide de un planeta vuela a través del espacio y cae sobre otro. Si en su interior se esconden esporas de microbios, pueden sobrevivir tanto al frío como a la radiación y a un aterrizaje brusco. Así es la panspermia: la idea de que la vida viaja entre mundos. Pero una cosa es imaginar ese viaje y otra muy distinta calcular cada uno de sus pasos.
Dos partículas separadas por kilómetros cambian de estado de manera coordinada, como si no hubiera distancia entre ellas. Esto se llama entrelazamiento cuántico, y desde su descubrimiento ha dejado perplejos a los físicos: ningún portador conocido puede viajar más rápido que la luz, y las correlaciones aparecen al instante.