El universo está lleno de masa invisible: la materia oscura. Una de las hipótesis dice que son diminutos agujeros negros, nacidos en el Big Bang. Con la masa de un asteroide y un tamaño menor que un átomo, atraviesan los planetas sin ser notados. Stephen Hawking ya sugirió en los años 70 que estos agujeros podrían explotar, pero hasta ahora no se han visto.
Ahora los astrónomos han ideado cómo rastrearlos. Al pasar cerca de un púlsar —un faro cósmico con un ritmo de ráfagas de radio perfectamente regular—, un agujero así desajustaría su "tic-tac" con su gravedad. La red de detectores de ondas gravitacionales captaría esta alteración. Una segunda pista sería el choque con un bloque de hielo más allá de la órbita de Neptuno: con el impacto, el gas se calentaría y brillaría durante una fracción de segundo más que la Luna llena, como una fogata de señales.
Estos métodos permiten por primera vez atrapar la materia oscura directamente en el sistema solar, convirtiéndola de invisible en presa.
tal como lo escribieron los autores, en inglés arXiv:2511.04895
Primordial Black Holes (PBHs) represent one of the more interesting ways to address dark matter, at the interface of both cosmology and quantum gravity. It is no surprise then that testing PBHs is a venue of active interest, with several cosmological and astrophysical probes constraining different mass ranges. In this work, we propose novel Solar System scale searches for PBHs, motivated by the unique precision and coverage of local observables. We show that asteroid to dwarf planet mass PBHs can induce measurable dipolar timing signatures in pulsar timing arrays, while planetary mass PBHs can generate detectable ADAF accretion flares through interactions with Kuiper Belt bodies. Together, these complementary approaches open a new observational frontier for probing PBHs across mass ranges that remain unconstrained by conventional cosmological methods.
Un agujero negro con la masa de un asteroide está comprimido a un tamaño menor que un núcleo atómico: atravesaría la Tierra sin tocar un solo átomo.
En el relato «El hombre agujero» de Larry Niven, un agujero negro microscópico cae sobre Marte, casi como en la cacería real de lo invisible.