Dos estrellas, acercándose en una danza cósmica, experimentan un balanceo adicional, consecuencia de la curvatura del espacio-tiempo (efecto predicho por Einstein). El planeta que las orbita también se balancea. A veces los ritmos coinciden: los empujones gravitacionales de las estrellas dan en el compás de la órbita planetaria, como manos que mecen un columpio. Esto es resonancia: la órbita se estira y el planeta sale despedido.
Así nacen los planetas errantes: ocho de cada diez planetas en binarias que se acercan caen en esta resonancia mortal, y tres cuartos perecen. Los restantes se esconden en la distancia. Por eso, en las parejas estelares con un período orbital menor de siete días no se ha encontrado ni un solo planeta: su misma convivencia cercana barre sin piedad todo a su alrededor.
Algunas estrellas binarias completan una órbita en pocas horas: sus «días» son más cortos que una jornada laboral. Y la distancia entre ellas es menor que la del Sol a Mercurio.