Los astrónomos se rompen la cabeza con los estallidos rápidos de radio, señales ultracortas de galaxias lejanas. Unos parpadean repetidamente, otros solo una vez. Una nueva hipótesis: todos provienen de magnetares, estrellas muertas con un campo magnético colosal. Pero estos magnetares no son redondos, sino achatados, y giran como una peonza lanzada cuyo eje se tambalea.
Debido a ese tambaleo, el haz de radio que brota a lo largo de las líneas magnéticas rastrea el espacio. Cuando apunta hacia la Tierra, vemos un destello; cuando se aparta, llega el silencio. Así, los estallidos que se repiten son períodos en que el haz nos roza, mientras que los aislados son impactos fortuitos en pleno vagabundeo.
Esa misma deformidad oculta las ondas gravitacionales emitidas por la rotación de la estrella. La señal se emborrona y los detectores, como los que construyó Rainer Weiss, no pueden captarla. La ironía es que esta peonza desvencijada enmascara el sutil eco gravitacional que, de otro modo, podría percibirse. Sin embargo, el primer púlsar —pariente cercano de los magnetares— fue descubierto en 1967 por Jocelyn Bell Burnell, y sus señales rítmicas se tomaron al principio por un mensaje de otra civilización.
🎯 El magnetar más potente conocido emite en una décima de segundo más energía que el Sol en 100.000 años.