
Esta ley explica por qué una estrella esférica aislada no emite ondas gravitacionales: su forma permanece constante. Los púlsares binarios, por el contrario, pierden energía constantemente y sus órbitas se acercan. Así es como los astrónomos han confirmado la existencia de ondas gravitacionales durante décadas, incluso antes de la detección directa de LIGO.