Dentro de una diminuta cavidad reflectante, más pequeña que el grosor de un cabello, la luz queda atrapada y se refleja repetidamente en las paredes. Si se coloca allí una sustancia capaz de absorber y emitir luz, las partículas de luz (fotones) comienzan a "vestirse" con las excitaciones de la materia, dando lugar a los modos polaritónicos. Normalmente, en una cavidad de este tipo domina una luz coherente brillante, similar a un potente rayo láser. Pero los físicos de Francia encontraron la manera de extraer de ese fondo brillante las débiles fluctuaciones cuánticas: excitaciones individuales que aparecen y desaparecen espontáneamente.
Cuando el número promedio de tales fluctuaciones cuánticas es menor que uno, los investigadores midieron los tiempos de llegada de los fotones en dos extremos del espectro: el rojo y el azul. Resultó que los fotones llegan en pares, y siempre en el mismo orden: primero el rojo, luego el azul. Esto es sorprendente, porque en la luz térmica ordinaria los fotones no están correlacionados en el tiempo. Este ordenamiento surge por sí solo debido a que la detección resuelta en frecuencia "recorta" ciertas combinaciones de la estructura cuántica interna de las fluctuaciones elementales.
La utilidad práctica de este descubrimiento radica en la posibilidad de controlar estados cuánticos individuales de la luz dentro de un dispositivo de estado sólido. Tales estados son necesarios para la computación cuántica y las comunicaciones seguras. En lugar de combatir las fluctuaciones como ruido, se pueden aprovechar como un recurso: por ejemplo, como fuente de pares de fotones entrelazados con un orden temporal definido.
En el experimento, el número promedio de fluctuaciones cuánticas era menor que uno, es decir, en cada instante, en la cavidad generalmente no había ninguna partícula "extra", y los pares nacían de las fluctuaciones del vacío.