Un superconductor es como una ciudad donde los electrones dejan de empujarse y comienzan a moverse en parejas, como personas que caminan de la mano. En el niquelato de neodimio-estroncio (Nd₀.₈Sr₀.₂NiO₂), este 'desfile' ocurre a unos 10 kelvin (menos 263 grados Celsius), pero no de manera uniforme en todas partes. Los investigadores escanearon la película micrón por micrón y vieron que en algunos puntos los pares se forman con más facilidad, y en otros, con más pereza.
El hallazgo principal es una relación directa entre dos magnitudes. La primera es la 'densidad de fluido superfluido', es decir, cuántos pares de electrones están listos para transportar corriente sin resistencia. La segunda es la temperatura de transición, a la cual el material se vuelve superconductor. Donde hay más pares, la transición ocurre a una temperatura más alta. Además, por encima de 8 kelvin la dependencia es lineal: si duplicas la densidad de pares, duplicas la temperatura de transición. Por debajo de 8 kelvin, el crecimiento se ralentiza.
La utilidad práctica radica en comprender la inhomogeneidad. La película de niquelato no es perfecta: contiene regiones con diferente cantidad de portadores de carga. Conociendo la regla 'más pares, mayor temperatura', se puede mejorar el material de manera dirigida, igualando su composición o estructura. Este es un paso hacia superconductores que funcionen a temperaturas más altas, lo que abarataría los imanes para tomógrafos, aceleradores y redes eléctricas.
La temperatura de transición al estado superconductor del niquelato de neodimio-estroncio es de unos 10 kelvin, más frío que la superficie de Plutón, donde hay aproximadamente 40 kelvin.
En la novela de Arthur C. Clarke 'El fin de la infancia', los superconductores permiten construir ascensores espaciales, pero allí funcionan a temperatura ambiente, un sueño aún inalcanzable.