La luz ordinaria es un flujo de fotones que viajan al azar: unos más, otros menos, y en ese caos se pierde la precisión de las mediciones. Los físicos han aprendido a "peinar" ese flujo creando luz comprimida, donde el ruido de una característica se reduce por debajo del vacío. Es como tensar una cuerda: sigue vibrando, pero ya no se tambalea.
En el nuevo trabajo, la luz comprimida nace directamente en una celda de vidrio con vapor de rubidio calentada a 120 grados. El rayo láser atraviesa el vapor y, al interactuar con los átomos, genera pares de fotones: uno de señal y otro conjugado. Sus intensidades están tan estrechamente correlacionadas que la diferencia entre ellas fluctúa 6,3 veces menos que en la luz ordinaria. El dispositivo, del tamaño de una palma, se alimenta con 300 milivatios, como un puntero láser.
Esta fuente es necesaria para sensores cuánticos: por ejemplo, un magnetómetro basado en átomos de rubidio podría detectar campos miles de veces más débiles que el campo magnético terrestre. Además, el estrecho ancho de banda de emisión, de solo unos pocos megahercios, permite conectarlo directamente con una memoria cuántica, donde los fotones se almacenan en una nube de átomos fríos. Es un paso hacia el internet cuántico, donde la información se transmite mediante luz protegida por las leyes de la física.
En el vapor de rubidio a 120 grados, los átomos se mueven a unos 300 metros por segundo: más rápido que el sonido, pero miles de veces más lento que la luz.