En las frías nubes entre las estrellas, donde nacen nuevos astros, se lleva a cabo un trabajo químico invisible. Moléculas simples chocan, intercambian átomos y se ensamblan en cadenas que más tarde podrían formar parte de planetas. Una de esas cadenas es el ion NCCO+, compuesto por nitrógeno, dos carbonos y oxígeno. Los químicos sospechaban desde hace tiempo que estaba allí, pero no lograban atraparlo: es demasiado raro y demasiado rápido.
Ahora lo han atrapado en una trampa, no en el espacio, sino en el laboratorio. El ion se mantuvo confinado mediante campos eléctricos en una pequeña cámara, donde giraba y vibraba. Se iluminó con un láser infrarrojo y, según cómo el ion absorbía la luz, se lograron registrar sus "huellas dactilares": las frecuencias en las que la molécula absorbe energía. Es como sintonizar una radio en la onda correcta: ahora los astrónomos saben en qué frecuencias "suena" el NCCO+ y pueden apuntar radiotelescopios sensibles hacia el cielo.
El nuevo espectro es un mapa para futuras búsquedas. Los astrónomos podrán comparar las señales de nubes lejanas con los datos de laboratorio y decir con precisión si hay NCCO+ allí. Y si lo encuentran, entenderemos mejor cómo, a partir de gases simples, se ensambla un mundo complejo en el que luego aparecen rocas, agua y, quizás, vida.
La molécula NCCO+ se mantuvo en una trampa de iones, un dispositivo del tamaño de una caja de zapatos donde los campos eléctricos sostienen partículas cargadas casi inmóviles, como dedos invisibles.