La galaxia CEERS2-588 brilló como una hoguera a la que se le echa de golpe un montón de leña. A los 400 millones de años del Big Bang ya había acumulado una masa de mil millones de soles y encendido innumerables estrellas. Pero entonces el combustible se acabó: en los últimos 10 millones de años, la formación de estrellas en ella casi se ha detenido por completo.
El telescopio James Webb observó esta galaxia en el infrarrojo. Los telescopios normales solo ven la luz ultravioleta de las estrellas jóvenes, pero la espectroscopía del Webb ha permitido mirar más profundo, en el rango óptico que, debido a la expansión del universo, se ha desplazado al infrarrojo. Donde se esperaban brillantes líneas de hidrógeno y oxígeno, solo había una meseta uniforme, señal de estrellas viejas que ya no calientan el gas que las rodea.
Este hallazgo rompe el esquema habitual. Antes se pensaba que galaxias tan masivas en el universo joven debían ser fábricas de estrellas. CEERS2-588 demuestra que algunas galaxias brillaron con rapidez y se apagaron con la misma rapidez. Además, su composición química ha sorprendido: tiene casi la misma cantidad de metales (así llaman los astrónomos a todos los elementos más pesados que el helio) que nuestro Sol. Para producir tantos metales se necesitan generaciones de estrellas que exploten como supernovas. Esto significa que las primeras estrellas nacieron y murieron mucho más rápido de lo que se creía.
La galaxia CEERS2-588 está tan lejos que su luz ha tardado 13,5 mil millones de años en llegar hasta nosotros, casi toda la historia del universo.