El mapa químico de una muestra se parece a un mosaico: cada punto tiene su propio color, su propia composición química. Para armar ese mosaico, el espectromicroscopio escanea la muestra punto por punto, registrando en cada uno un espectro, la "huella" de cómo la materia absorbe o emite luz. Pero recorrer todos los puntos lleva horas, y la radiación de rayos X o de electrones va dañando la muestra poco a poco.
La nueva estrategia recuerda al trabajo de un restaurador experto de mosaicos: no coloca cada tesela, sino que toma solo unos pocos fragmentos clave y con ellos reconstruye todo el patrón. Los científicos miden únicamente el 4–6% de los puntos, eligiéndolos no al azar, sino según mapas de importancia: donde la composición cambia más, se mide con mayor frecuencia. Luego, los algoritmos matemáticos completan los espectros que faltan a partir de los puntos vecinos.
Este enfoque es útil en cualquier situación donde haya que vigilar cambios químicos: desde celdas de combustible de hidrógeno hasta células vivas. La muestra recibe menos daño y el investigador obtiene la misma información que con un escaneo completo.
Al elegir el 4–6% de los puntos a medir, los científicos usan "mapas de importancia": las zonas con cambios bruscos de composición se escanean con mayor densidad, mientras que las regiones homogéneas se muestrean con menos frecuencia. Es como cuando un artista dibuja con detalle el rostro y solo esboza el fondo.
La idea de reconstruir el cuadro completo a partir de una pequeña muestra recuerda a la "percepción comprimida" del relato de Ted Chiang "La historia de tu vida", donde los alienígenas ven el mundo no de forma secuencial, sino de una vez, en su totalidad.