Un haz de rayos X incide sobre un trozo de superconductor y este se calienta de forma casi imperceptible. Ese aumento de temperatura, de milmillonésimas de grado, es la única huella que deja la luz. El nuevo detector lo capta, como un termómetro muy sensible pegado a un metal frío.
En el interior del sensor hay una película superconductora que trabaja al borde de perder su superconductividad. El más mínimo calor altera sus propiedades magnéticas, y ese cambio se amplifica sin ruido adicional. El diseño recuerda a un diapasón: un pequeño pellizco produce un sonido limpio y prolongado que es fácil de medir.
El prototipo ya funciona en un amplio rango de temperaturas y no teme los ciclos repetidos. Los cálculos muestran que, con un montaje óptimo, el sensor podrá distinguir energías con una precisión de 100 milielectronvoltios. Para los rayos X blandos, es como distinguir un susurro de un suspiro en una habitación ruidosa.
Un instrumento así será útil en espectroscopía, la ciencia que estudia cómo las sustancias absorben y emiten la luz. Los químicos podrán ver los enlaces entre átomos, y los astrónomos, la composición de nebulosas lejanas. La precisión del nuevo detector se acerca a la de los mejores espectrómetros de cristal, pero es mucho más compacto y fácil de manejar.
El sensor funciona a una temperatura inferior a 1 kelvin: más frío que el espacio interestelar.