En el siglo XIX, James Clerk Maxwell imaginó un pequeño demonio. Este conoce la velocidad de cada molécula de gas y abre una puerta: las rápidas a la izquierda, las lentas a la derecha. Así, sin gastar energía, surge una diferencia de temperatura, lo que parece violar las leyes de la física. Pero la solución está en la información: para recordar las velocidades y decidir, el demonio necesita memoria. Borrar esos registros libera calor, y el desorden total (entropía) sigue aumentando de todos modos.
Un experimento moderno reprodujo al demonio con luz. En lugar de gas, fotones que viajan a la velocidad de la luz y obedecen la estadística de Bose–Einstein (parte del Modelo Estándar). Los detectores midieron su número en diferentes canales, luego el dispositivo intercambió las rutas: donde había muchas partículas, dirigió aún más. Ley cuántica: las partículas indistinguibles tienden a agruparse. Por eso, la diferencia de temperatura entre canales resultó más notable que para fotones distinguibles. Este "instinto gregario cuántico" actúa como combustible para el demonio.
Estos experimentos conectan calor, información y física cuántica. Serán útiles para verificar futuros circuitos cuánticos que usen luz. Y lo más sorprendente: el precio de borrar la memoria — la liberación de calor — devuelve inevitablemente el desorden al mundo. Ni siquiera un demonio cuántico puede engañar a la naturaleza.
En el experimento, la diferencia de temperatura fue de solo unas millonésimas de grado, pero fue registrada por una electrónica ultrasensible.
La idea de un demonio que gestiona el calor mediante información ha inspirado a escritores de ciencia ficción. Por ejemplo, en 'Un fuego sobre el abismo' de Vernor Vinge, entidades superinteligentes manipulan una medida invisible del caos a escala galáctica.