En los huecos entre las células del cerebro fluye un líquido. No se queda quieto: cada latido del corazón lo empuja hacia adelante, y la respiración añade sus propias ondas. Hace diez años esto se vio en imágenes, pero solo ahora se ha calculado cómo esa pulsación acelera las moléculas.
Si dejas caer tinta en un arroyo, flotará con la corriente. Pero si el arroyo acelera y frena, la tinta se extiende más. Aquí pasa igual: una molécula en el cerebro salta de un lado a otro con el líquido, y durante un solo latido del corazón logra alejarse más que si el líquido estuviera en calma. Los científicos construyeron un modelo de este movimiento "saltarín" y calcularon cuánto más fuerte es la dispersión.
El resultado coincidió con experimentos en humanos: cuando se inyectaba un colorante en el líquido cefalorraquídeo, se extendía por el cerebro más rápido de lo que predecía la simple difusión. Así que el corazón y los pulmones funcionan como bombas que mezclan el líquido en el cerebro. Si aprendemos a reforzar o debilitar esta bomba, podremos llevar medicamentos con más precisión a las zonas deseadas.
El pulso que impulsa la sangre por el cuerpo también ventila el cerebro. Quizá por eso un paseo despeja las ideas: el corazón late más rápido y los huecos entre las células se lavan mejor.
En un día, por los huecos entre las células del cerebro pasa tanto líquido como cabría en un vaso pequeño, pero logra bañar cada rincón.
En la novela de Greg Egan "La ciudad de las permutaciones", las personas controlan el flujo sanguíneo y la respiración para influir en el funcionamiento del cerebro; este modelo añade una base científica a esa fantasía.