Una ráfaga de viento repentina golpea el ala y, sobre ella, se enrolla un enorme vórtice. Este vórtice puede cambiar bruscamente la sustentación, y el avión puede picar. Los ingenieros llevan tiempo buscando la manera de predecir estos vórtices, pero la complejidad lo dificulta: el flujo de aire rápido está lleno de pequeñas turbulencias caóticas.
En el nuevo estudio se compararon dos flujos: uno muy lento (número de Reynolds 600) y otro rápido (10 000). El número de Reynolds indica la tendencia del flujo a la turbulencia: cuanto mayor es, más pequeños vórtices hay. Resultó que los grandes núcleos vorticosos, que son los que crean las peligrosas oscilaciones de sustentación, se organizan igual en ambos casos. La pequeña ondulación en el flujo rápido no cambia el panorama general.
El secreto está en que la ráfaga desprende de la superficie del ala un potente flujo de vorticidad, como si desenrollara un velo invisible. Este velo se enrolla en grandes vórtices de la misma manera tanto en el flujo lento como en el rápido. Por eso, para estudiar ráfagas peligrosas se pueden usar experimentos lentos y económicos, sin necesidad de costosos túneles de viento de alta velocidad.
Los grandes vórtices son como el esqueleto del flujo. Las pequeñas turbulencias son solo la piel, que tiembla pero no cambia la forma de los huesos. Si se aprende a ver este esqueleto con antelación, los aviones podrán atravesar las zonas de turbulencia con mayor suavidad.
El número de Reynolds 600 corresponde a un flujo de aproximadamente medio metro por segundo alrededor de un ala pequeña, mientras que 10 000 ya son decenas de metros por segundo, como en un avión real.