Desde hace tiempo se sospechaba que el efecto Hall cuántico era superfluyente, capaz de fluir sin fricción. Imagina a un cocinero que sigue una receta: por cada unidad de flujo magnético debe colocar exactamente un número determinado de electrones. Los electrones se unen con los cuantos del campo en pares que se fusionan en una nube común y fluyen sin resistencia.
En el experimento se utilizaron un contacto anular y un campo magnético variable. Mediciones precisas revelaron que, cuando el campo cambiaba, el sistema aspiraba exactamente los electrones necesarios para mantener la proporción.
La acumulación fue uniforme en todo el volumen, no solo en los bordes. Esto indica que trabaja todo el «equipo» de partículas, no solo corrientes de borde aisladas.
Esto demuestra la naturaleza superfluyente: la materia actúa como un todo sin disipar energía. Más aún, los científicos observaron cómo el sistema blinda las perturbaciones externas manejando el caos térmico, como si el cocinero no solo siguiera la receta sino que también mantuviera el orden en la cocina.
El matiz más inesperado: este talento culinario solo se manifiesta en un mundo plano y bidimensional. En cuanto se añade grosor, la receta perfecta se desmorona.
Este líquido autoajustable recuerda a los materiales «inteligentes» de la ciencia ficción, como los de la serie «La Cultura» de Iain M. Banks, donde la materia se adapta por sí sola a las condiciones.