Una estrella de neutrones del tamaño de una ciudad gira más rápido que una batidora de cocina y lanza partículas a su alrededor. A su alrededor se forma una nube luminosa, denominada halo de púlsar. La forma de esta nube depende de los campos magnéticos invisibles que, como las corrientes oceánicas, dirigen las partículas. Dos de estos halos —alrededor de los púlsares Geminga y Monogem— resultaron ser asimétricos, y esto se convirtió en la clave para resolver el enigma.
Los campos magnéticos en el espacio interestelar no son uniformes: se asemejan a hilos enredados que se extienden en distintas direcciones. Las partículas del halo se mueven a lo largo de estos hilos, por lo que la nube se estira en una dirección. Los científicos compararon la forma del halo con un modelo informático y descubrieron que alrededor de Geminga y Monogem los campos apuntan de manera diferente. Es como si dos barcos en distintas partes del océano se balancearan con olas que vienen de direcciones opuestas.
Resultó que los campos magnéticos mantienen su dirección a lo largo de unos cien años luz. Es como si en el océano existieran enormes remolinos de rotación lenta, del tamaño de cien sistemas solares. Con este conocimiento, los astrónomos podrán usar los halos de púlsar como brújulas naturales que indican hacia dónde apuntan las invisibles líneas magnéticas de nuestra galaxia.
El púlsar Geminga es tan débil en luz visible que no pudieron encontrarlo durante casi veinte años después de su descubrimiento en rayos gamma: estaba escondido detrás de una nube de polvo.
En la novela "Solaris" de Stanisław Lem, el océano del planeta se comporta como un ser vivo; los campos magnéticos de la galaxia también crean patrones extraños, casi "vivos", que apenas empezamos a leer.