En el aire turbulento, las gotas no vuelan en línea recta: las zarandea de un lado a otro, como motas de polvo en un rayo de luz. Los físicos construyeron un dispositivo que sigue cada gota del tamaño de una décima parte del grosor de un cabello. Una cámara graba su movimiento y una computadora reconstruye las trayectorias.
El principal obstáculo son los falsos rastros, cuando la cámara confunde un destello o un reflejo con una gota. Los autores idearon un filtro que descarta esos artefactos según los ángulos de movimiento. Tras esto, lograron medir con qué frecuencia las gotas se acercan a menos de una décima parte del vórtice más pequeño del flujo.
Resultó que cuanto más pesada es la gota en relación con el aire, más tiende a agruparse. Esto es importante para entender cómo crecen las gotas de lluvia en las nubes: primero se fusionan al chocar en la turbulencia.
La nueva técnica abre el camino a mediciones en las escalas más pequeñas, donde nacen las nubes y la lluvia.
La turbulencia en las nubes funciona como una batidora: hace chocar las gotas, obligándolas a fusionarse en otras más grandes que luego caen como lluvia.