Un láser potente impacta en un diminuto blanco, que al instante se convierte en una nube de gas incandescente: plasma. En esa nube nacen espontáneamente campos magnéticos. Actúan como manos invisibles que impiden que el calor escape libremente del centro caliente. Por eso estos campos son importantes para la fusión nuclear, el proceso que alimenta al Sol y que la humanidad intenta dominar en la Tierra.
Los físicos siguieron estos campos con haces de protones. Al atravesar el campo magnético, los protones se desvían ligeramente de su trayectoria; con esas desviaciones se puede reconstruir la estructura del campo. Se tomaron imágenes en dos momentos: justo después del disparo del láser y más tarde. Resultó que en el primer instante el campo está pegado al blanco, pero con el tiempo se expande y llena toda la corona, la parte exterior de la nube de plasma.
La comparación con los cálculos mostró que el modelo predice correctamente cuánto campo magnético se genera, pero describe mal cómo se desplaza en el espacio. Es decir, entendemos bien la física de la generación del campo, pero no su "transporte". Es como saber cuánta agua se ha vertido en la bañera, pero no entender hacia dónde se extiende.
Estos experimentos son un paso hacia la fusión nuclear controlada. Si aprendemos a calcular con precisión los campos magnéticos, podremos confinar mejor el plasma caliente y evitar que se enfríe. Y eso es el camino hacia una energía limpia y casi ilimitada.
La temperatura del plasma en estos experimentos alcanza millones de grados, varias veces más que en el centro del Sol.