La corriente eléctrica en un superconductor es como una multitud que corre por un pasillo sin fricción. Pero en los superconductores de tipo II hay obstáculos: diminutos vórtices de campo magnético que la corriente desplaza. Cuando un vórtice se mueve, aparece resistencia y la corriente disminuye. Por eso, las mediciones ordinarias muestran una corriente notablemente menor que el límite en el que la superconductividad se destruye.
Los científicos idearon una estrategia para sortear los vórtices: en lugar de aplicar corriente continua, la aplican en pulsos muy cortos, de duración de picosegundos (millonésimas partes de un microsegundo). En ese tiempo, los vórtices no tienen tiempo de moverse; son demasiado inertes. La corriente logra pasar, como un mensajero que cruza la puerta mientras aún está abierta.
El otro material probado, el cuprato de itrio-bario-cobre, se comportó de manera diferente: la superconductividad se destruía gradualmente, no bruscamente. Esto se debe a que en él los electrones se emparejan de manera no uniforme en todas las direcciones, a diferencia del nitruro de niobio. Esta diferencia ayuda a vislumbrar la naturaleza misma de la superconductividad.
El resultado promete no solo nuevos conocimientos, sino también beneficios prácticos: si los superconductores pueden transportar corrientes mayores, aunque sea en pulsos cortos, esto será útil para la electrónica de alta potencia y los sistemas energéticos.
Un picosegundo es tan corto que la luz en ese tiempo recorre solo un tercio de milímetro.