En el frío corazón de un cristal puro, los electrones fluyen como un líquido viscoso, una idea predicha por Lev Landau. Pero los vórtices de este líquido permanecían invisibles, como una imagen deducida del ruido de los espectadores. Ahora los científicos han creado una nanocuerda: un diapasón semiconductor con una cavidad circular. Cuando en su interior se arremolina un vórtice electrónico, surge un momento magnético. Un campo magnético externo hace temblar este momento, y el diapasón canta: su vibración revela directamente la estructura del vórtice.
La sensibilidad del método es como la de los detectores de ondas gravitacionales que captan el temblor del espacio. Esto permitió distinguir dos regímenes: el balístico (los electrones se dispersan sin colisiones) y el hidrodinámico, donde la viscosidad dicta las reglas. Paradoja: cuanto mayor es la fricción en el líquido, más fuerte suena el diapasón. La viscosidad, ligada a la entropía, no amortigua las oscilaciones, sino que las amplifica, pasando de ser enemiga de los instrumentos de precisión a protagonista.
El líquido electrónico es 10 millones de veces más viscoso que la miel, aunque los electrones individuales se mueven en él sin fricción.