Una fuente brota del centro de la ciudad a una velocidad miles de veces superior a la de una bicicleta de reparto. Ese «chorro», un flujo de gas acelerado hasta 5500 kilómetros por segundo, es lo que los astrónomos han visto en la galaxia GLIMPSED-329380. Está tan lejos que su luz ha tardado 13 mil millones de años en llegarnos: la vemos tal y como era cuando el universo tenía apenas 800 millones de años.
En el centro de esta galaxia hay un agujero negro activo, un objeto que atrae materia y expulsa parte de ella de vuelta al espacio. El telescopio James Webb descompuso la luz de la galaxia en colores, como un prisma hace con un arcoíris. En ese espectro, los astrónomos vieron líneas de oxígeno e hidrógeno, ensanchadas por la enorme velocidad del flujo. Resulta que el gas expulsado arrastra polvo: diminutas partículas sólidas que normalmente se asientan en las afueras de las galaxias.
A pesar de semejante potencia, el flujo apenas estorba el nacimiento de nuevas estrellas. Los astrónomos midieron cuánta materia escapa de la galaxia y resultó ser menos de una décima parte de la que cae al agujero negro. Así que la galaxia consigue acumular gas para nuevas estrellas incluso cuando el agujero negro «exhala» parte de sus reservas.
La propia galaxia se parece a los «pequeños puntos rojos», esos objetos misteriosos que el telescopio Webb encuentra en el universo temprano. Tiene el mismo color rojizo, las mismas líneas en el espectro y la misma forma de brillo. Esta es la primera prueba directa de que dentro de esos puntos realmente hay agujeros negros en acción, y no otra cosa.
La luz de esta galaxia ha tardado 13 mil millones de años en llegarnos, casi toda la edad del universo. Cuando comenzó su viaje, el sistema solar aún no existía.