El dedo es un sensor vivo: bajo la piel, las arterias laten al ritmo del corazón. Los tensiómetros comunes comprimen el brazo y dan un solo número, pero este anillo, con ocho electrodos, hace pasar una corriente débil y, según cómo atraviesa los tejidos, construye una imagen del flujo sanguíneo. Es como ver un río bajo el hielo: la corriente sortea obstáculos y muestra dónde fluye más rápido.
Los científicos colocaron este anillo en 96 personas sanas. Primero permanecían tranquilas, luego respiraban profundamente o apretaban la mano, de modo que el flujo sanguíneo cambiaba. El anillo captó las ondas de presión en las arterias y, con esos datos, entrenaron una red neuronal para predecir la presión sin manguito. Es como enseñar a un reloj a dar la hora no por las manecillas, sino por la sombra del sol: no es una medición directa, sino una estimación inteligente basada en señales indirectas.
Este dispositivo es útil para personas con diabetes: a menudo sus vasos se ven afectados y es importante detectar problemas a tiempo. El anillo se puede llevar todo el día y no estorba. Por ahora es solo una prueba de concepto, pero es un paso para que vigilar el corazón y los vasos sea tan sencillo como llevar una joya.
El dedo es uno de los lugares más sensibles para la bioimpedancia: hay muchas arterias cerca de la piel y la señal resulta clara.