Un traductor recrea una novela compleja en otro idioma, pero solo si la trama permanece quieta. En cuanto los personajes empiezan a moverse, el traductor pierde el hilo. Así funcionaba aproximadamente la 'doble copia', un método que conecta la gravedad con la electricidad. Hasta hace poco, solo lograba manejar agujeros negros inmóviles, donde el tiempo no juega ningún papel.
En el nuevo trabajo, los físicos se adentraron en el interior de un agujero negro, esa trampa de la que ni siquiera la luz escapa. Allí, más allá del horizonte de sucesos (la frontera tras la cual no hay retorno), el espacio y el tiempo intercambian sus roles: la caída hacia el centro se vuelve tan inevitable como la corriente de un río. Resulta que esta dinámica interna puede traducirse al lenguaje de un campo eléctrico. La traducción es precisa y no requiere saber qué ocurre fuera del agujero.
Los autores probaron el método con dos ejemplos. El primero es el clásico agujero negro de Schwarzschild, donde la densidad en el centro es infinita. Aquí, el campo eléctrico gemelo crece sin límite a medida que se comprime, como la tensión en una burbuja de jabón a punto de estallar. El segundo es el agujero negro regular de Bardeen, que en lugar de una singularidad tiene un núcleo suave. En este caso, el campo permanece finito y atraviesa el centro con calma, como un río que desemboca en un lago.
Este enfoque convierte las entrañas de un agujero negro en un laboratorio para estudiar la conexión entre la gravedad y otras fuerzas de la naturaleza. Quizás sea un paso hacia la comprensión de cómo unificarlas en una sola teoría, sin necesidad de asomarse a la singularidad. Y si antes el traductor tropezaba con el movimiento, ahora ha aprendido a traducir incluso la trama más agitada.
Dentro de un agujero negro, el tiempo fluye hacia el centro: para un observador que cae, el pasado apunta 'hacia afuera' y el futuro, 'hacia adentro'.