En el centro de la Vía Láctea se oculta algo invisible pero muy masivo: aproximadamente cuatro millones de veces más pesado que el Sol. Normalmente se le llama agujero negro y se designa como Sagitario A*. Sin embargo, los astrónomos no bajan la guardia: ¿y si no fuera un agujero, sino algo más exótico, por ejemplo, una gigantesca esfera de partículas ultraligeras, una estrella de bosones? Esta estrella no tiene una superficie dura, sino que se asemeja más a una bola de algodón esponjosa que se desvanece gradualmente hacia los bordes.
Para poner a prueba esta idea, los científicos utilizaron datos del instrumento GRAVITY, que sigue los destellos infrarrojos muy cerca del horizonte de Sagitario A*. Estos destellos parecen chispas brillantes que giran alrededor del objeto central. Su movimiento se comparó con las predicciones de diferentes modelos, desde el agujero negro clásico hasta cinco variantes de estrellas de bosones con distintos grados de difusión. Para analizar las trayectorias se aplicaron métodos estadísticos, incluida la espectroscopía y el método de Montecarlo con cadenas de Markov.
El resultado fue revelador: para la mayoría de las estrellas de bosones, la masa resultaba notablemente mayor que la aceptada, alrededor de 4,3 millones de masas solares. Cuanto más difusa era la modelo (es decir, cuanto menos definidos eran sus bordes), más se aproximaba su comportamiento al de un agujero negro y más precisa era la concordancia de la masa. Esto impone serias restricciones a la hipótesis de la estrella de bosones. Sin embargo, las variantes más 'esponjosas' aún no se descartan por completo.
Si se reemplazara el Sol por una estrella de bosones de la misma masa, su radio sería comparable a la órbita de Neptuno, pero además permanecería casi transparente a la luz.
En la novela 'La matriz de la esquizia' de Bruce Sterling se describen nubes inteligentes de condensado de Bose que recuerdan a estas estrellas.